“A principios de esta década, la diversidad y la inclusión alcanzaron un nivel sin precedentes de visibilidad en el discurso público. La diversidad estaba en todas partes y estaba de moda. En los medios de comunicación, en las conversaciones políticas, en las comunicaciones corporativas y en las redes sociales. Era un mantra. Sin embargo, hoy la diversidad ya no ocupa el mismo lugar central en el debate público. Algunos observadores interpretan esto como una señal de retroceso. Creo que eso sería un error. El hecho de que la diversidad genere menos titulares no significa necesariamente que importe menos. En muchos aspectos, puede significar precisamente lo contrario. Significa que ya no es una novedad, sino parte de la gestión cotidiana de las empresas. Hoy en día, muy pocas organizaciones serias cuestionan que la inclusión sea tanto un imperativo moral como un potente activo empresarial. El debate ha evolucionado. La cuestión ya no es si las empresas deben fomentar la inclusión. La cuestión es cómo hacerlo de manera eficaz, sostenible y creíble”